sábado, 16 de agosto de 2014
Si un ángel glorioso descendiera sobre mi salón...
Leí la última parte "Father" del libro de Andrew Salomon Far from the tree, en vilo. No paré de llorar a lo largo de las 25 páginas de éste último capítulo.
Con mi pequeño Leo dormido en brazos reviví las primeras horas de su vida y me identifiqué con la manera de sentir la felicidad indescriptible, pero también la ansiedad sin límites que el autor describe como compañeras inseparables de la paternidad.
Un párrafo me dejó sin embargo, con el corazón en la mano, sin saber qué hacer, qué sentir ni cómo expresar la alegría inexpresable que mi pequeño Leo ha traído a mi vida,
"If some glorious angel descended into my living room and offered to exchange my children for other, better children -brighter, kinder, funnier, more loving, more disciplined, more accomplished- I would clutch the ones I have and, like most parents, pray away the atrocious specter" (SALOMON, Andrew, Far from the tree, 2012, Pág. 698)
Leo tiene ya tres meses y medio, cuando me acerco a su cunita por las mañanas, aunque llore de hambre o porque tiene el pañal mojado, me ve y sonríe con toda la cara; la boca dibuja una enorme sonrisa desdentada mientras que la nariz se arruga y los enormes ojos se cierran casi por completo, levanta también los hombros, como si necesitase también del cuerpo para sonreír.
En el baño, cuando ve a Wap, el pato de goma azul que se baña con él, se ríe sin parar, con una risa por la que yo daría, sin dudarlo, mi brazo derecho.
Cuando va por la calle en su carrito y alguien se para a sonreírle o decirle algo, sonríe también con toda la cara y sigue la mirada de quien le hable incluso cuando ha empezado a alejarse.
Por las noches se mueve en la cuna hasta entrar en nuestra cama y poder tocarme, con el pie, la mano, la cabeza o la cara y sólo entonces se duerme tranquilo.
Cuando le hablamos nos responde con balbuceos que incluyen ya no sólo vocales sino también consonantes, sonríe y sigue las "conversaciones", respondiendo cuando es su turno, cuando nos callamos o cuando le preguntamos algo.
Hemos leído juntos Charlotte's Web, Little Women and Good Wives, Peter Rabitt y Child of China y siempre que puede imita los movimientos de mi boca haciendo pequeñas vocales y consonantes y sacando la lengua para intentar hablar.
Nunca ha tenido problemas para comer ni para dormir; a los tres meses y medio ya duerme toda la noche, gana peso con normalidad y es un niño muy grande. Toma el biberón con la misma facilidad que el pecho.
Yo creo que es feliz...nunca le dejamos llorar, jamás nos levantamos enfadados cuando tiene cualquier problema para dormirse por la noche y no tenemos problemas para suspender un paseo cuando se ha cansado o para detener cualquier actividad para cogerle en brazos cuando no quiere estar en la cuna o la hamaca.
Pero también odia el coche y llora sin parar hasta llegar a casa o donde sea que vayamos, subiendo los decibeles hasta límites inimaginables; cuando está de mal humor o cansado, no nos mira y grita sin parar, cambiando el timbre de los gritos hasta ponernos los pelos de punta y dejarnos al borde de las lágrimas por tener que verle llorar desconsolado; últimamente odia la hora del baño y sólo podemos bañarle rápidamente, con Wap en el agua y sentado; aguanta unos quince minutos en la hamaca antes de pedir atención a gritos e igualmente, en el carrito, al poco rato empieza a llorar y a gritar para que volvamos a casa cuanto antes. No le gusta que lo llevemos en el canguro ni en el trapito, sólo en brazos. El sol y la ropa sintética le producen alergias; cuando hace caca se pone perdido hasta los hombros por lo que a veces tenemos que cambiarle de ropa muchas veces en una misma mañana, a veces dos veces en una hora...
Pero yo no lo cambiaría por ningún otro niño, de hecho, ni siquiera cambiaría esos pequeños rasgos que a veces me hacen volver corriendo a casa, con el bebé en un brazo mientras empujo el carrito con el otro, ni los que me llenan de tristeza cuando llora desconsolado antes de dormirse...no, no cambiaría nada de mi niño, porque es perfecto y porque es mío, porque ésta es la personita que hemos hecho, mitad papá y mitad mamá pero con una esencia fundamentalmente distinta a ambos y únicamente comparable consigo misma.
Este es mi niño, el que sonríe en la foto después de haber llorado amargamente porque queríamos llevarle en el cangurito para que pudiera ver los barcos en el puerto de Hamburg. Yo no lo cambio por otro niño, por un niño perfecto, porque mi hijo es perfecto en su imperfección y siempre será perfecto, aunque a veces tengamos que corregir y enmendar, en esencia, mi hijo, para mi, siempre será éste ángel de ojos negros que cada mañana inaugura el día con una sonrisa capaz de derretir el polo norte.
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