domingo, 31 de agosto de 2014

A menudo los hijos se nos parecen

Esta soy yo...tendría unos nueve meses...

En la ecografía de las 20 semanas, la médica vio a Leo, me miró y dijo: la barbilla, desde luego, es la de la madre.  El ecógrafo era el de la seguridad social, de modo que se veían sólo sombras negras, grises y blanquecinas, sin embargo, la verdad es que se distinguía perfectamente que la barbilla era la mía.  Al nacer Leo comprobaríamos que los ojos, las cejas, la nariz y la boca eran mías también.  Ahora tienen cuatro meses y nos hemos acostumbrado ya a que el primer comentario que hace la gente al vernos es, siempre, impajaritablemente, "se parece mucho a la madre, ¿no?" incluso los amigos de papá, los compañeros de trabajo que me han visto un par de veces en la vida, cuando lo conocieron se quedaron impresionados con el parecido.  Sólo la madre de Juanma insiste en que Leo "es Campos" aunque cada vez lo hace con menos vehemencia, rendida a la evidencia, supongo.

Durante el embarazo ni pensé en el hecho de que me haría feliz que mi niño se pareciese a mi, pero ahora estoy encantada, y no sé por qué.  Como no le encuentro explicación, me imagino que será algo animal, visceral, algo evolutivo que me recuerda que éste chiquitín es mi continuación y mi eternidad...¿será eso?

Joan Manuel Serrat lo tiene claro, cuando los hijos se nos parecen, nos dan la primera satisfacción; leed con atención la letra de ésta canción y abrazad a vuestros "locos bajitos", cubridlos de besos y pensad en lo feliz que os hace que se os parezcan y en la verdad que hay en ésta canción.

Esos locos bajitos

A menudo los hijos se nos parecen, 
así nos dan la primera satisfacción; 
esos que se menean con nuestros gestos, 
echando mano a cuanto hay a su alrededor. 
Esos locos bajitos que se incorporan 
con los ojos abiertos de par en par, 
sin respeto al horario ni a las costumbres 
y a los que, por su bien, hay que domesticar. 

Niño, deja ya de joder con la pelota. 
Niño, que eso no se dice, 
que eso no se hace, 
que eso no se toca. 

Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, 
nuestros rencores y nuestro porvenir. 
Por eso nos parece que son de goma 
y que les bastan nuestros cuentos para dormir. 

Nos empeñamos en dirigir sus vidas 
sin saber el oficio y sin vocación. 
Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones 
con la leche templada y en cada canción. 

Niño, deja ya de joder con la pelota... 

Nada ni nadie puede impedir que sufran, 
que las agujas avancen en el reloj, 
que decidan por ellos, que se equivoquen, 
que crezcan y que un día nos digan adiós

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