El jueves por la mañana se marchó la abuela; tras más de tres meses cuidando de nosotros, se volvió a casa; tiene más nietas e hijas que cuidar.
Esta Abuela con mayúsculas que le ha tocado a mi niño y esta Madre con mayúsculas que me ha tocado a mi, es el ser más perfecto y sublime de la tierra; se lo dije muchas veces mientras estuvo con nosotros y os lo cuento ahora a todos: nadie en el mundo hubiera hecho por nosotros lo que hizo la abuelita Cho: cuidó de mi en los últimos meses del embarazo, cuidó de mi niño en sus primeros días de vida, nos enseñó no sólo a ser padres sino también innumerables trucos para hacernos la vida más fácil, nos ayudó con la mudanza y nos recordó lo importante que es conservar la capacidad de asombro y la alegría.
Mis maravillosas amigas me lo dijeron ya: "cuando tengas hijos entenderás lo que te quiere tu madre". Claro que sí. Sólo sintiendo por mi el mismo amor inmenso en incondicional que siento por mi pequeño Donete, sería posible para mi madre quererme tantísimo como me ha querido, estar a mi lado siempre, entenderlo todo, aguantarlo todo, perdonarlo todo. Todavía me sorprende la sencillez y la alegría con la que ha aceptado todas las grandes decisiones de mi vida, a pesar de que con toda seguridad no era lo que esperaba de mí ni lo que quería para mi. Por suerte al final todo ha salido bien y si no ha sido así, siempre ha estado ahí para decirme: bueno, no pasa nada, ya verás cómo todas las piezas de tu rompecabezas caen en su lugar eventualmente.
Y ahora no sabemos muy bien qué vamos a hacer. Cuando Juanma volvió de dejar a mi madre en la puerta de embarque me abrazó y me dijo: ya se ha marchado tu madre, ¿y ahora qué hacemos?... Haremos lo que podamos, seguimos diciéndonos a cada paso: mi madre (tu madre) dijo que esto se hacía así ... aunque para el récord, seguimos siendo incapaces de poner al pequeño Donete a dormir boca abajo en la cuna sin que se despierte en el momento preciso de tocar la sábana con el moflete.
Con pocos días de nacido nuestro pequeño ya seguía a su abuelita con la vista y ponía una cara de desamparo que derretía las nieves del Everest cuando salía de la habitación, creo que fue la primera persona que reconoció, después de mi y desde que se fue, nos mira con cara de preguntarse: ¿seguro que sabéis lo que estáis haciendo? Las siestas monumentales en brazos de quien sí que sabía lo que hacía, se han terminado, por el momento.
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