El 24 de abril a las 6:30 de la mañana rompiste el cascarón que te había alojado a lo largo de los últimos 9 meses. Esa mañana me desperté dolorida pero pensando que me había sentado mal la comida -la noche anterior habíamos cenado nachos en el Badulaque antes de ir al cine- sin embargo, cuando llegué al baño, fue evidente que ese sería el día en que nacerías...si bien, en realidad, habías nacido 9 meses antes, el 8 de agosto del año pasado.
Salí del baño corriendo y golpeé la puerta del dormitorio donde dormían los abuelos para decirles que ese 24 de abril era el día en que ibas a nacer y que se prepararan para el gran acontecimiento; luego avisé a papá y me duché tranquilamente aunque algo inquieta, pensando que no sabía muy bien cuánta prisa tenía...recordaba muy bien las clases de educación maternal pero no estaba segura de lo que significaba "líquido teñido"...en fin, me duché con más o menos calma y salí radiante de alegría: ese día iba a nacer mi pequeñín, al que llevaba esperando desde lo que parecía toda la eternidad.
En el coche, de camino al hospital, comentábamos la película del día anterior, entre risas, con alguna que otra contracción, todas muy leves y nada dolorosas...mi padre, el abuelo, iba bastante serio, puede que asustado pero los demás, como si nada...claro, todavía no sabíamos el día que nos esperaba!
Cuando llegamos al hospital de Viamed, entramos por urgencias, nos dijeron que esperásemos y al momento pasamos a la sala de triaje donde una médica o enfermera, sin mirarme, preguntó: ¿por qué viene? le dije que había roto la bolsa y una vez más sin mirarme, me dijo que esperase en la sala, que pronto vendría un celador para acompañarme a la planta sótano, donde están los paritorios.
El celador nos recordaba del día anterior: habíamos ido al hospital Macarena porque no sentía los movimientos del Donete y luego a Viamed porque como era mi primer embarazo, no sabía la apariencia que debía tener el tapón mucoso y me asusté mucho cuando finalmente se presentó. Pero bueno, al lío; el celador nos llevó a la misma sala donde habíamps estado el día anterior, me reconocieron y me hicieron un tacto -los tactos son muy dolorosos- des pués me pusieron en monitores casi una hora. Desde la sala de monitores escuché al matrón llamar a la ginecóloga, nuestra Gema, para decirle que había roto la bolsa, estaba de dos o tres centímetros pero que la cabeza estaba "altísima"...malas noticias, no sabíamos la que nos iba a dar la cabecita del pequeño Donete, que se negaba a bajar. De hecho, yo sentía que con cada contracción, mi pequeñito subía en lugar de bajar...¿se habría arrepentido de la idea que tuvo de romper la bolsa para nacer ese 24 de abril?
El matrón volvió a la sala y nos explicó que teníamos 24 horas desde la rotura de la bolsa para que me pusiera de parto, que nos mandarían a la habitación y que avisásemos cuando las contracciones fueran cada tres o cuatro minutos y cuando fueran realmente dolorosas. Fuimos a la habitación, me puse el camisón y nos pusimos a hablar de todo un poco, para pasar el rato, todavía no sabíamos que el rato duraría unas 20 horas...estábamos mi madre, mi padre, Juanma, nuestro Donete y yo.
Las contracciones estaban ocho o nueve minutos separadas unas de otras y no eran demasiado dolorosas, todavía me permitían hablar para tranquilizar al pequeño Donete que con seguridad lo estaría pasando peor que yo. Sobre las 6 de la tarde -unas 12 horas desde la ruptura de la bolsa- las contracciones se habían hecho bastante dolorosas y estaban a escasos 3 o 4 minutos unas de otras. Llamamos a la enfermera y sin dilación bajamos al paritorio, las contracciones entonces eran ya insoportables. Lograron reconocerme entre contracción y contracción y nos dijeron que finalmente el parto se había desencadenado, que probablemente faltaban aún unas horas pero que ya estábamos en camino; pedí que me pusieran la epidural y me llevaron al paritorio.
Una vez en el paritorio, intentaron cogerme una vía, digo intentaron porque tenía la tensión tan baja que era imposible encontrar una vena viable; tras varios intentos y después de cortar la pulsera que llevaba desde hace años en la muñeca izquierda, tuvo que venir la matrona y cogerme la vía en la cara anterior del codo. Normalemente se coge este tipo de vías en la muñeca porque en pocas horas la madre tendrá en brazos al bebé y será incómodo tener una vía en el brazo. En las horas siguientes y ya con el pequeño en brazos, comprobaríamos lo incomodísima e impertinente que sería esa vía.
El anestesista apareció muy prontito, me explicó lo que iba a hacer, le pedí que esperara a que hubiera un clarito entre contracción y contracción y me dijo, como todos allí, que tenía todo el tiempo del mundo y que esperaría lo que hiciera falta; por suerte, las contracciones me dieron un respiro, porque tardó un buen rato en ponerme la anestesia, explicando a cada paso lo que hacía.
A partir de ese momento -serían las 8 de la tarde- todo mi ser pasó a depender de la anestesia epidural; la sensación de verme libre de un dolor tan horroroso fue increíble, me volvió la energía y el optimismo. No entiendo cómo se puede dar a luz sin epidural, me imagino que toma un trabajo mental considerable, yo aguanté todo lo que pude, más de doce horas, pero llegó un momento en el que el dolor se hizo insoportable y no pude pensar en otra cosa que no fuera la epidural.
Menos mal que no hice un plan de parto, nunca se sabe con lo que una se va a encontrar en el parto, mucho menos cuando es el primero. A mi por ejemplo, tuvieron que ponerme oxitocina y aún a grandes dosis fue imposible aumentar la frecuencia y la intensidad de las contracciones ni lograr que la cabecita de nuestro Donete se colocara en una posición adecuada.
Pasamos las horas leyendo Leviatán de Paul Aster, durmiendo a ratos, cantando y hablando; sobre las 11 de la noche empecé con fiebre, no era muy alta pero la sensación era la de estar en un horno, a partir de ese momento los minutos empezaron a hacerse eternos; primero vino el ginecólogo de guardia a comprobar que efectivamente la cabeza seguía demasiado alta...luego vino la matrona, algo más esperanzada y a pesar de comprobar también que seguía alta, me sugirió que intentara empujar...pero nada de nada, la cabecita de mi pequeño no bajaba, además la epidural me impedía empujar con el ímpetu necesario. Unas horas más tarde, me bajaron la epidural y subieron la oxitocina, pero sin éxito.
Ya era viernes 25 de abril cuando llegó Gema, comprobó que la cabecita seguía muy alta, llamó al ginecólogo de guardia y a la matrona para que le dijeran si había bajado algo, como aseguraron que seguía como a las seis de la tarde, nos dijo que lo sentía mucho por las horas pasadas de parto pero que tendría que hacer una cesárea...pero que no pasaba nada, que era una operación simple y la recuperación muy rápida. De imediato pidió que me subieran la epidural, que me pusieran cinco centímetros de no-sé-qué, echó al padre y le pidió que esperara en la salita y me llevaron en volandas al quirófano. Para entonces, no sabíamos que era una urgencia, que la bolsa llevaba muchas horas rota y la fiebre indicaba algún tipo de infección.
Al llegar al quirófano me prepararon en menos de un minuto; al escuchar que iban a empezar, dije que todavía me sentía las piernas, pero como era sensación sólo y no dolor, empezaron; podía verlo todo en el espejo de la lámpara del techo pero decidí que era mejor no mirar...
Uno o dos minutos después sucedió lo más grande y más fantástico del mundo: me dijeron que iba a sentir un poco de tensión en el estómago y vi a mi pequeñito salir de mi, hecho un ovillo, con la cabecita cubierta de algo amarillo y llorando con una fuerza y un vigor imposibles, considerando lo pequeñito que era. El anestesista que estaba a mi lado, me retransmitía lo que pasaba en la cuna en la que estaba mi Donete, que si era muy grande, que si estaba muy bien...pero mi pequeñito seguía llorando inconsolable...y yo también, no me di ni cuenta del momento en que empecé a llorar, creo que coincidió exactamente con el momento en que mi pequeño empezó a llorar y no perdí la sonrisa en ningún momento, a pesar de los puntos, los tirones y la incomodidad, ya nada más importaba...
El pediatra me dio la enhorabuena, me dijo que mi hijito estaba perfectamente y que pesaba 3,695 kilos; la matrona me lo trajo, llorando a gritos y lo puso junto a mi cabeza, en cuanto empecé a hablar para decirle que había sido muy valiente, que lo había hecho muy bien y que había sido un excelente compañero en los últimos nueve meses, dejó de llorar, como por arte de magia.
Ya en la sala de despertar, me lo pusieron al pecho, se agarró como un campeón y empezó a mamar como un experto. Pedí a Juanma que me lo enseñara porque estando tan cerca no había podido verlo; cuando pasamos por la sala de espera, mi padre y mi madre lo vieron y mi madre dijo que se parecía mucho a su primita Macarena y que tenía los ojos muy abiertos y muy grandes, pero yo no había podido verlo. Juanma lo cogió en brazos y me lo enseñó...era precioso!!! no tenía el color rosa tan raro que suelen tener los recién nacidos sino que estaba blanquísimo -después iría tomando color- y tenía unos ojos negros enormes y muy expresivos; había dejado de llorar y estaba concentrado en comer y comer, no se soltaba del pecho ni un segundo; tuvimos que separarnos, sin embargo, unos minutos después para que le cambiaran en pañal -el primero se lo cambió su papá- y para que le pusieran la vacuna de la hepatitis y la vitamina K.
Unas dos horas después nos llevaron a la habitación, donde dormimos abrazados hasta el día siguiente.
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